EL VIGÉSIMO AÑO DE MI VIDA

Pronto cumpliría 20 años, solo en mi cuarto solía mirarme con frecuencia al espejo, para la gente como yo se trata de una edad peligrosa. Aunque mi aspecto había cambiado, me parecía que aún poseía belleza, era tan esbelto como antes y el rostro no se me había estropeado sino embellecido ¡No hay mejor ungüento que el amor!
A pesar de todo, que más daba por que ya no fuera un muchacho, casi no lo era cuando él me vio por primera vez, no era aficionado a los muchachos tiernos agradaban más a sus ojos los jóvenes apuestos que lo rodeaban y por su puesto que yo no era la excepción.
Al principio le parecí agresivo en mi forma de proceder con él, pero se dio cuenta que no era así, sólo trataba de ponerme a la altura de nuestras conversaciones pues tu tenías mucho que decir y yo en muchas ocasiones sólo podía escuchar la voz de la experiencia, esas conversaciones eran extensas y muy amenas por que algunas se extendían hasta el amanecer con lo cual yo tenía que partir a casa; cuando me tomaba de la mano para que me quedara, debo de reconocer que yo lo provocaba.
Después de que nuestra hoguera ardía con mayor intensidad, siempre me preguntaba que cuando nos volveríamos a ver con una insistencia tal que me fastidiaba. Hay cosas que no se le pueden explicar a un hombre entero, para la gente como yo la sexualidad es un placer pero nunca una necesidad.
También había momentos en los que los papeles se invertían y recuerdo que cuando yo quería placer siempre era paciente y me conformaba con lo poco que me daba tras sus largas jornadas de trabajo, donde sólo recogía migajas de somnoliento placer. Pero lo comprendía todo cuando me inclinaba a besar su cabeza y con la luz que ilumina al oro alcanzaba a ver diez o más hebras grises.




